• Constanza Pedrosa

Metamorfosis de la identidad: YO SOY...


Identidad

Cuando una persona decide irse a vivir a otro país, aun cuando la decisión es hasta la más deseada y elegida libremente, se requiere atravesar una profunda crisis. ¿Por qué? Esta crisis llega a nuestra vida para poner a prueba nuestra identidad: la cuestiona, sacude, desafía y según sean los cimientos traídos y las circunstancias encontradas será como podremos atravesarla.

La vivencia en sí misma de instalarse en otro país, como toda vivencia subjetiva, no puede tomarse como un aspecto aislado a la historia de la persona en la que surge o en la que se hace visible. Entra en juego todas las situaciones externas, capacidades internas de afrontamiento, el significado que uno le otorga, consecuencias que puede desencadenar y modos de elaborarla.

Vivir en el exterior representa un verdadero torbellino emocional.

La persona llega con su cultura, idiosincrasia, costumbres a otro ámbito cultural con diferentes formas, prohibiciones y aspiraciones, otros medios, otras costumbres, otras normas y métodos de comunicación que van a requerir de nosotros numerosos ajustes entre lo personal y lo cultural. Ajustes que serán conscientes e inconscientes que nos permitan mantener lo que es esencial en uno sin renegar de nuestros orígenes y a su vez, enriquecerse con lo diverso y diferente.


Abandonar lo propio y genuino de quién somos y de donde venimos en su totalidad en pos de asumir lo novedoso y diferente como propio; como intentar permanecer idéntico al que una vez fuimos antes de irnos, puede ser igual de dañino para el sujeto que lo atraviesa.


Nuestra identidad sufre desde cambios externos, observables como las modificaciones en la documentación, visas, trabajo, cuenta bancaria. También, dependiendo el lugar que se haya elegido, suele variar el idioma en el que hay que expresarse y a veces, aunque el idioma sea el mismo, hay que adaptarse a un lenguaje diferente. Todos éstos aspectos tendrán que poder ser acompañados por profundos cambios interiores para así poder transitar un proceso exitoso y llevarnos a una mejor situación y alcanzar aquellos objetivos que nos motivaron vivir en el extranjero. Por supuesto que cada proceso es subjetivo y no todos lo harán en el mismo momento ni les llevará el mismo tiempo.


La identidad se construye durante toda nuestra vida, y es en relación a un otro. Tiene que ver con los lugares que fuimos ocupado para otros, el que se nos ha asignado, aceptado y elegido, el que pudimos desempeñar, el que construimos en una cultura en particular. Lugares en que nacimos y desde donde nos han pensado y hasta otorgado un nombre que nos identifica. Lugares que caracterizan nuestra existencia, roles en lo que nos reconocemos y nos reconocen. La identidad tiene siempre su doble cara, cómo los otros nos ven y nos definen y la otra como la manera subjetiva en la que nos vemos a nosotros mismos.


La identidad la vamos construyendo a base de identificaciones. La relación con los otros en la identificación tiene que ver con el lugar que ciertos rasgos de los otros ocupan para uno, el colega al que admiramos, el profesor que nos inspira. Nos identificamos con ciertos aspectos de personas o de objetos y al identificarnos los tomamos de referentes profesionales, morales, culturales, personales a los que queremos parecernos, de los que queremos aprender y en cierta medida nos reflejan algo de lo que queremos ser. Gracias a estas identificaciones con ellos es que podemos transformarnos.


En la experiencia de vivir en otro país nos vemos exigidos a desprendernos de ciertas identificaciones en pos de otras nuevas o de re identificaciones. Re-definimos la identidad, tanto en relación con las sociedades nuevas que nos acogen, como con los lugares de origen.

Ideales personales o costumbres compartidas en una nueva comunidad pueden ser interrogados o puestos en jaque, por lo que hará falta un gran trabajo personal entre lo nuevo y lo viejo que dé lugar a mantener unos y modificar otros. No es de extrañar la sensación de pérdida de puntos de anclaje y confusión que pueden estar presentes en aquellas personas que deciden vivir en el extranjero.


La identidad presenta también un elemento invariante, que es producto de la cultura de origen y no se disuelve por el contacto transcultural. Estos aspectos invariantes sirven de base a otros que se irán modificando y adaptándose a un nuevo lugar. Hay un doble trabajo a realizar: des-identificación y re-identificación, y es en este trabajo que lo invariante actuará de base sólida.


El proceso migratorio no termina nunca y pasa a formar parte de la propia identidad, del ser personas viviendo en el exterior. Seres que andamos por el mundo cargando equipaje interior que nos hacen ser parte de quienes somos. Sujetos que arrastramos historias y vivencias que nos han dejado su huella y transformado profundamente. Hoy podemos pararnos, mirar atrás y ver lo caminado, el lugar de donde hemos venido y volver la cabeza adelante para ver la dirección en la que nos llevan hoy nuestros pies. Contamos con nuestros deseos, nuestros proyectos, objetivos que como luces nos irán marcando el rumbo interior, no necesariamente geográfico. Esos deseos que nos llaman a seguir creciendo, aprendiendo y transformarnos en lo profundo de nuestra identidad con las experiencias que aún nos toquen vivir.

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